lunes, 26 de septiembre de 2011

Capitulo 1

LOS PRIMEROS TURISTAS
Fue hacia el año 25,000 antes de Cristo que los habitantes de Ulan Bulak —un floreciente estado que se extendía a orillas del lago Baikal, entre Mongolia y Siberia— empezaron a interesarse en los viajes al extranjero, especialmente cuando las compañías de transportes decidieron ofrecer excursiones mediante un corto enganche y cómodos abonos mensuales.
En las losas que servían de periódicos, aparecían grandes e incitantes anuncios desplegados: “Viaje Ahora y Pague Dentro de Dos Milenios”, “Sacúdase el Complejo de no Conocer los Continentes Surgidos Durante el Plioceno”, “El Oriente le Espera con los Volcanes Abiertos”...
Para los ciudadanos de Ulan Bulak, el Oriente —como habrá adivinado el sagaz lector— era nada menos que América: un hemisferio virgen, libre de “smog”, de embotellamientos de tránsito, de manifestantes, de centrales obreras, de falsificadores de títulos agrarios, de radios de transistores, de telenovelas, de oficinas gubernamentales. En fin, una delicia de continente.
No es de extrañar, por lo tanto, que la familia de los Ul Mec, una de las más antiguas y respetables de Ulan Bulak, decidiera empeñar hasta el último pedernal para inscribirse en una de estas excursiones. Los atraía principalmente la llamada “Vacaciones en Patagonia”, que por un módico pago inicial y letras hasta el final de la época cuaternaria, ofrecía un fantástico recorrido a todo lo largo del nuevo continente, desde el helado estrecho de Behring (que en aquellos tiempos no era estrecho, sino lo suficientemente ancho para que pudieran pasar por él los grupos turísticos), hasta los imponentes picachos de la Tierra del Fuego, en el extremo meridional del hemisferio.
La gira, con todos los gastos pagados, incluyendo propinas, comprendía una temporada de esquí en Alaska y las Montañas Rocallosas; cacerías de bisontes en las planicies de Texas; una rápida visita a Disneylandia y luego el maravilloso recorrido a través de lo que, andando el tiempo, sería México lindo, con escalas en Pátzcuaro, Xochimilco y Acapulco. La segunda etapa incluía las risueñas tierras de Centroamérica, con sus trámites de aduana y migración cada quince minutos, para luego seguir a lomo de llama y de guanaco a todo lo largo de la cordillera de los Andes. Por una moderada suma adicional, los excursionistas tenían derecho a cruzar la selva amazónica para asistir al carnaval de dinosaurios en Río de Janeiro.
Durante varias semanas se estuvo anunciando “Vacaciones en Patagonia”, con el resultado de que, al comenzar el verano, quedó integrado un grupo de veinte familias de lo más granado de Ulan Bulak, entre las cuales los Ul Mec ocupaban sitio distinguido.
La familia Ul Mec estaba integrada por papá, mamá, una abuelita, doce hijos, una tía solterona y dos parientes arrimados. Todos ellos eran muy unidos entre sí, todos tenían marcados rasgos mongólicos, y todos se caracterizaban por ser muy impuntuales. Desde el día de la salida, llegaron a la agencia de viajes con dos horas de retraso.
Esta maldita costumbre de los Ul Mec de llegar tarde a todos los sitios, bien pronto constituyó la desesperación de los guías del grupo turístico. Como se comprenderá, en un recorrido tan largo el éxito de la excursión dependía de la habilidad para hacer y deshacer maletas en tres minutos, de la puntualidad necesaria para estar a la hora exacta en un sitio determinado y de la suficiente disciplina para obedecer las instrucciones del conductor. Y todo ello estaba manifiestamente reñido con el carácter y temperamento de la familia Ul Mec.
A las 7 de la mañana —decía el programa— desayuno a orillas del río Yukon. A las 7.20, visita al cráter del volcán que surgió anteanoche. A las 8.10, recorrido del pantano sulfuroso para ver cómo ponen sus huevos los braquiópteros. A las 9.05, combate de megaterios en la floresta de Minikiwani. A las 10.15, emprender la marcha hacia el sur. A las 12, almuerzo a base de chuletas de mamut a orillas de un río de lava. A las 12.45, abordar los diplodocos para llegar a la frontera de Oregón...
Los Ul Mec sencillamente estaban física y espiritualmente impedidos para cumplir tales rigideces. A las siete de la mañana papá Ul Mec aún dormía, pues la noche anterior se había ido de juerga con unos amigos, aunque tales frivolidades no estaban incluidas en el programa de la excursión. A las ocho, mamá UI Mec, auxiliada por la tía solterona, empezaba la eterna batalla de vestir y darle el desayuno a la prole, lo cual era más dilatado que una cola para comprar estampillas fiscales. A las nueve, había que calentarle el pocillo de atole a la abuelita. Después venía el complicado proceso de hacer las maletas, alguna de las cuales siempre andaba extraviada. A las once se despertaba papá UI Mec y ponía en movimiento a toda la familia, pues pedía chilaquiles para el desayuno y mandaba a uno de los parientes arrimados a que le trajera algún brebaje fermentado para curarse la cruda que le había producido el aguardiente de gingidio de la noche anterior. Total, que cuando la tribu de los Ul Mec trataba de reincorporarse al grupo excursionista, éste ya se encontraba a varias leguas de distancia.
Durante la peregrinación al sur, siempre hacia al sur, mamá Ul Mec continuó teniendo hijos, como era su costumbre, con el resultado de que al pasar por lo que ahora es California, la familia contaba ya con otros siete miembros adicionales. Más aún, una de las hijas solteras se escapó con tino de los guías, pero a los diez meses se reintegró al seno de la rezagada familia con un par de robustos mellizos, que le tocaron de premio. Y como si la explosión demográfica fuera poca, sin saber cómo, ni por qué medios, ni con la intervención de quién, la abuela también dio a luz al entrar en lo que ahora es el estado de Sonora.
Ya para entonces el núcleo excursionista había llegado a Panamá y se disponía a cruzar el canal mediante un puente de lianas que después se utilizaría en la América del Sur para salvar los tremendos abismos de los Andes. El jefe de la excursión optó por seguir adelante, sin esperar a los Ul Mec, ya que de otra manera llegarían a la Patagonia para la Segunda Guerra Mundial, y después de todo tenían el tiempo limitado. A todos sus mensajes, los Ul Mec contestaban con un optimista “orita los alcanzamos”.
Los turistas continuaron su viaje por el riñón del continente sudamericano, en tanto que los Ul Mec, pasito a paso, apenas iban por la actual Sinaloa llenándose de hijos y llegando tarde a todas partes. Cruzaron la Sierra Madre Occidental, descendieron por los fértiles campos del Bajío, pasaron las posadas en el valle de México y siguieron adelante. Poco a poco fueron enamorándose del país, de su clima ideal y de su espacio ilimitado. Atravesaron lo que ahora es el estado de Veracruz y llegaron a tierras de Tabasco, deteniéndose a orillas del río Tonalá en espera de que llegara la panga de Caminos y Puentes Federales de Ingresos. Pero como nunca llegó, pues alguien se había robado una importante pieza de la maquinaria, los viajeros decidieron quedarse.
Fundaron un pueblo que al correr de los años se llamaría La Venta. La abuelita murió en ese lugar, y a papá Ul Mec lo picó un mosquito tabasqueño que le puso la cabeza como un globo. A sus hijos les hizo tanta impresión, que decidieron reproducirla en piedra, para que las futuras generaciones se cuidaran de las picaduras de insectos tropicales. Tal fue el origen de las famosas cabezas olmecas que se han encontrado en aquellas zonas.
El Clan de los Ul Mec nunca regresó a Mongolia, ni logró alcanzar al grupo turístico que eventualmente llegó a la Patagonia. Se quedaron para siempre en las risueñas costas del Golfo de México, y con el correr de los siglos dieron origen a una portentosa cultura, la cultura olmeca, que está considerada como una de las primeras que florecieron en nuestro país. De paso nos legaron el hábito de la impuntualidad y la costumbre de tener hijos a montones.


LA LEYENDA DE QUETZALCOATL

¿Quién fue Quetzalcóatl, la serpiente emplumada? Según la leyenda indígena, fue un señor de tez relativamente clara y con barba estilo “hippie”, a quien los toltecas eligieron por jefe de gobierno en Tula alrededor del año 925 de nuestra era, nombrándolo gran sacerdote con derecho a dejar sus tamemes estacionados donde le diera la gana.
Quetzalcóatl, también llamado Topiltzin, construyó cuatro casas de oración, penitencia y ayuno. Una era de madera, otra de coral, la tercera de caracoles y la cuarta de plumas preciosas. Como se ve, en aquella época los mandamases de Anáhuac eran bastante moderados, conformándose con cuatro residencias de materiales rascuachones. Mil y pico de años después, sus sucesores se recetarían no cuatro, sino cuatro docenas de palacetes en el Pedregal, las Lomas, Cuernavaca, Isla Mujeres y Acapulco. Además de sus ranchitos.
Quetzalcóatl era de naturaleza reservada y pocas veces se presentaba en público, prefiriendo celebrar sus acuerdos en la intimidad de su despacho. Más aún, antes de preparar su informe anual se recluía en las soledades de la sierra, sin más compañía que la de su secretario particular y dos o tres muchachonas que lo mismo tomaban dictado, que le peinaban la barba, que desempeñaban otras actividades. Muy de cuando en cuando asistía a la ceremonia de inauguración de alguna pirámide, y sólo cada cuatro años hacía acto de presencia en la toma de posesión de don Fidel Velázquez.
Quetzalcóatl era enemigo de los sacrificios humanos y sistemáticamente se negó a presidir el repugnante espectáculo, más aún, durante su reinado prohibió la extracción de corazones, inclusive cuando se trataba de llevar a cabo un trasplante, lo cual le valió la ojeriza de los tiamacazque, o sacerdotes-matarifes. Estos empezaron a intrigar con los demonios, y los demonios se dedicaron a escarnecer y mortificar a Quetzalcóatl: unas veces se le aparecían a media noche, aullando y pintados de verde, y otras se limitaban a pedirle audiencia para recordarle las promesas que había hecho durante su campaña electoral, con el propósito de volverlo loco, pues entonces, como ahora, era imposible que un gobernante pudiera cumplir con todo lo que promete siendo candidato. Quetzalcóatl, sin embargo, se mantenía inalterable.
En su desesperación, los demonios llamaron a Tezcatlipoca, la luna, para que luchara contra Quetzalcóatl. El rey-sacerdote la amenazó con mandarle un Apolo si no lo dejaba quieto. Por último, Ihuimácati y Totécatl lo invitaron a tomar unas copas y consiguieron embriagarlo. Avergonzado de la guarapeta que cogió, Quetzalcóatl abandonó la ciudad, llegó a la orilla del mar y se arrojó a una hoguera, de donde salió convertido en estrella. Hay por ahí chicas que han llegado a lo mismo tan sólo con tener buenas piernas.
* * *
Hasta aquí la leyenda indígena. Después vienen una serie de lucubraciones y teorías acerca del posible origen europeo de Quetzalcóatl, basadas en tres circunstancias principales, a saber:
a) El hecho de que en todos los relatos oficiales de la época, el monarca-sacerdote aparezca como hombre blanco y barbado.
b) El hallazgo, por los españoles, del culto a la cruz en diversas partes de lo que ahora es México.
c) Las profecías del propio Quetzalcóatl, en el sentido de que eventualmente vendrían de Oriente hombres blancos y barbados como él, que terminarían por apoderarse del país y de todas las cantinas y tiendas de abarrotes.
En esta forma ha pretendido demostrarse que el enigmático personaje fue un náufrago de las expediciones de vikingos que llegaron a Groenlandia y a la costa de la Nueva Inglaterra antes de que don Cristóbal Colón se saliera con la suya. Lo anterior resulta completamente absurdo, sobre todo si se toma en consideración que los escandinavos beben como cosacos y tienen la mayor resistencia alcohólica del mundo. Si Quetzalcóatl hubiese sido un marino sueco o noruego, con toda seguridad él hubiera tumbado debajo de la mesa de Ihuimácati y a Totécatl antes de que éstos lograran embriagarlo. Y en vez de avergonzarse de su pítima e ir a incinerarse a la orilla del mar, se le hubiera calentado el pico y hasta la fecha estaría diciendo ¡skol! entre hipos.
Otros teorizantes sostienen que el legendario barbudo fue un monje irlandés, a quien una terrible tempestad arrastró desde el río Shannon hasta el Golfo de México. Hipótesis igualmente absurda, ya que los irlandeses siempre le han tenido terror a las serpientes, especialmente a las imaginarias que les hace ver su bronco whisky. Precisamente se convirtieron al cristianismo cuando San Patricio llegó a la isla de esmeralda y la limpió de reptiles. ¿Cómo puede concebirse, entonces, que un irlandés se haya resignado a adoptar el símbolo de la serpiente, y encima de ello emplumada? Los hijos de la verde Erín ya bastante sufren de delirium tremens para todavía imaginar que uno de ellos iba a convertirse voluntariamente en víbora.
Por último, no falta quien diga que Quetzalcóatl fue el mismísimo Santo Tomás, que vino al Nuevo Mundo para catequizar a los pobres indios paganos. De todas las teorías sobre el origen extracontinental del personaje, ésta es la más absurda. Santo Tomás existió en Judea casi mil años antes que Quetzalcóatl en Tula. Y él mismo no creía en milagros.
* * *
¿Quién fue, pues, Quetzalcóatl? ¿Quién fue ese misterioso hombre blanco y barbado, mitad monarca y mitad gran sacerdote, enemigo de los sacrificios humanos, mal bebedor, que termina incinerándose cual vulgar monje budista a la orilla del mar, para luego convertirse en el lucero vespertino?
¿Quién fue aquel reformador de la religión, fundador de una secta numerosa, que después se transmuta en dios del aire y bajo la advocación de la serpiente emplumada vaticina la llegada de extranjeros con boinas vascas?
Nunca lograremos saberlo a ciencia cierta. Aunque por todas las características antes señaladas, no sería difícil que sólo haya sido un engendro del Departamento de Turismo. De ese estilo son sus folletos, sus promociones a base de esculturas prehispánicas hechas de material plástico, y sobre todo sus sicodélicos programas de Luz y Sonido.


LA OFRENDA DE XOCHITL

Tecpancaltzin, rey de Tula, se encontraba revisando el presupuesto de Luz y Sonido para las pirámides de Teotihuacán cuando su secretario particular, el licenciado Chalchihuite, le comunicó por “interphone” que el noble Papantzin solicitaba audiencia.
—Dile que venga mañana, porque ahorita estoy en acuerdo.
—Muy bien, señor. Sólo que...
— ¿Sólo que qué? —gruñó el rey de mal humor.
—Sólo que dice que mañana no podrá venir con la señorita Xóchitl, pues tiene canasta en casa de las Huehuepopoca.
El monarca saltó de su asiento.
— ¡Ah, caray! ¿Qué viene con su hija?
—Sí, señor.
—Entonces diles que pasen como de rayo.
Tecpancaltzin se arregló el nudo del tilmatli y se dispuso a recibir a la flor más bella del ejido tolteca.
Era la tal Xóchitl una real hembra de ojos de obsidiana y cuerpo de tentación, que le hubiera dado escalofríos al mismísimo Quetzalcóatl. Enmarcaban el bello óvalo de su rostro un par de trenzas endrinas, que caían desfallecidas sobre las turgencias de un pecho rabiosamente aprisionado por el huipil, albo y descotado. La enagua, o cuéyetl —que ella había convertido en minicuéyetl— dejaba al descubierto una generosa porción de muslo color de canela, a cuya vista el rey Tecpancaltzin tartamudeaba y sufría taquicardias.
El noble Papantzin hizo una profunda reverencia y pidió venia para entrar en el real aposento.
—Pasa güero —dijo el monarca—. ¿Qué buenos ventarrones te traen por aquí? ¿Dónde está tu hijita Xóchitl?
—Señor, se ha quedado en la antesala.
—Dile que pase, pues allá hace chiflón.
—Sólo esperaba vuestra real licencia.
Papantzin hizo una seña y Xóchitl apareció en toda su deslumbrante belleza, con una jícara en las manos y una mirada de picardía que le enchinó el cuerpo a Tecpancaltzin.
—Majestad... —sonrió la guapa, haciendo la máxima genuflexión que le permitía su faldita entallada.
— ¡Adelante, adelante! —gritó el monarca—. Pasad a lo barrido y tomad asiento. No, Xóchitl: tú aquí más cerquita, que soy miope. ¿Qué os trae por esta dependencia del Ejecutivo?
—Señor —dijo solemnemente Papantzin—, bien sabéis cuánto nos preocupa la invasión de bebidas gaseosas con nombres extranjeros que poco a poco han ido desplazando a nuestras típicas y tradicionales aguas frescas.
—A mí lo que me revienta son sus anuncios cantados —repuso el rey de Tula.
—Ya nadie bebe agua de tamarindo, ni chía, ni tepache, ni jamaica —prosiguió el noble anciano—. Ahora todo son refrescos con sabor a medicina, y que, además, contienen peligrosos ciclamatos.
—Es verdad —convino Tecpancaltzin, cuya atención, sin embargo, estaba concentrada en las pantorrillas de Xóchitl, que había cruzado la pierna.
—De ahí que desde hace tiempo me haya dedicado a experimentar con diversos jugos nacionales, para sacar al mercado una bebida autóctona que nos ponga en onda sin tener que devolver el casco.
— ¡Con la falta que me está haciendo una prieta superior! —sonrió el rey, mirando significativamente a Xóchitl.
— ¿Una qué, señor? —preguntó asombrado Papantzin.
—Nada, nada. Tú sigue, que te escucho.
El noble anciano carraspeó y continuó su discurso:
—Hace unos días, paseando por mi finca, observé cómo un ratoncillo horadaba el cogollo de un maguey y bebía con deleite el jugo. Después se limpió los bigotes, se puso en dos patas y gritó cosas feas con respecto a las madres de todos los gatos.
— ¿De todos los qué? —inquirió el monarca.
—Bueno, de todos los ocelotes —corrigió Papantzin, recordando que los gatos aún no venían de Europa—. El caso es que, llevado por la curiosidad, yo también probé el néctar y lo hallé dulce y agradable. Después procedí a extraer el jugo de toda una hilera de magueyes y lo guardé en una vasija.
Xóchitl le guiñó un ojo al rey, y éste entornó los párpados y se mordió el labio inferior.
—Poco después, al destapar la vasija —continuó Papantzin haciéndose de la vista gorda ante el coqueteo entre su hija y el monarca—, hallé que el líquido había fermentado, produciéndose un líquido bastante nauseabundo, pero de efectos asaz estimulantes. Mi hijita Xóchitl sugirió que le echásemos miel y frutas, para contrarrestar su peste y acidez.
—Hubiera bastado con que esta rorra metiese los deditos en la olla para darle sabor al caldo —dijo galantemente el monarca, acercándose a la muchacha. Esta sonrió y bajó modestamente la mirada.
Papantzin se puso de pie y anunció con toda solemnidad:
—Y es así que hemos venido a ofreceros, ¡oh gran Tecpancaltzin, rey de Tula y sus pintorescos alrededores!, la primera jícara de curado de tuna. A ver qué os parece.
Xóchitl ofreció la vasija al rey, y éste bebió largamente, sin quitarle los ojos de encima a la muchacha. La muy coquetona se pasó la puntita de la lengua por los sensuales labios.
— ¿Qué os parece? —preguntó Papantzin.
—Que está como para comérsela con todo y trenzas —repuso el monarca.
—Me refiero a la nueva bebida.
— ¡Ah! Pues la encuentro bastante potable. ¿Cómo se llama?
—Todavía no le ponemos nombre. Xóchitl había sugerido “bábara drai”, pero a mí me suena uno poco extranjerizante. ¿Qué pensáis de “caldo de zopilote”?
—No —dijo el rey—. Me parece demasiado prosaico. Me gustaría más “tónico Bayer”...
—O “el blanco néctar de las verdes matas” —propuso Xóchitl.
—Muy poético, pero un poco largo —observó Papantzin.
Tecpancaltizn bebió el resto de la jícara y se limpió los ralos bigotes con el dorso de la mano.
—O “consomé de Babilonia” -dijo entre dos discretos hipos.
El monarca se incorporó de su asiento y le pasó amigablemente un brazo por encima del hombro al noble anciano.
—Mire, mi buen Papantzin; usté se va ahorita como de rayo por las otras, y mientras tanto Xóchitl y yo seguimos pensando nombres...
Papantzin hizo una profunda reverencia —¿qué otro remedio le quedaba?— y salió a buscar una tanda de catrinas, tomillos y cacarizas. Acto seguido, Tecpancaltzin se le acurrucó a Xóchitl.
Según la leyenda, el anciano hizo como quince viajes, sugiriendo nombres tales como “pulmonil”, “tiamapa”, “nectarífero”, “caldo de oso”, “consomé de bigote”, “tiachique” y “tlachicotón con moscas”, “agave cola”, “pulman”, “pulmón”, “malcomprendido”, “el lión de los caldos”, etc., pero a cada nueva denominación Tecpancaltzin decía que no, y mientras tanto continuaba agarrado a Xóchitl.
Por eso es que el pulque tiene tan vasta nomenclatura

LA FUNDACION DE TENOCHTITLAN

Siguieron los aztecas su peregrinación hacia el sur, por la carretera nacional Mex-15, pero evitando hasta donde les fue posible las garitas de pago de Caminos y Puentes Federales de Ingresos, con lo cual se ahorraron una fortuna, si bien tuvieron que dar grandes rodeos. Consecuentemente, llegaron al valle de México con algún retraso cuando ya otras tribus se habían apoderado de las mejores tierras alrededor del lago.
Hacia mediados de 1255 acamparon los mexica en las faldas de Chapultepec y procedieron a elegir rey. Durante algunas semanas se rumorearon los nombres de diversos candidatos, hasta que la Asamblea Nacional del PAI (Partido Azteca Inmemorial), dio a conocer su tapado, que resulto ser el licenciado Huitzilihuitl, individuo hasta entonces un tanto oscuro y anodino, pero a quien de la noche a la mañana se le reconocieron relevantes méritos como estadista, organizador y revolucionario. Inmediatamente se unificaron los criterios y la tribu entera se lanzó a la cargada Los teponaxtlis funcionaron a todas horas, transmitiendo mensajes de adhesión y las pencas de maguey resultaron insuficientes para dar cabida al alud de jeroglíficos venidos de todas partes del reino, en que se ensalzaban las virtudes del candidato, haciendo resaltar su dinamismo ejemplar, su enorme capacidad de trabajo, su profundo sentido humano, su fecunda actividad, su extraordinaria facultad de organizador, su patriotismo acendrado, su sentido de responsabilidad y su entrega total a la causa de la tribu y del partido. En fin, todos los ditirambos usuales en estos casos. A nadie extrañó, por lo tanto, que el señor Huitzilihuitl resultase elegido por abrumadora mayoría de votos.
Poco tiempo le duró el gusto, sin embargo. Las naciones vecinas veían con desconfianza a los recién llegados, presintiendo, quizá, que dados sus procedimientos de aplanadora con el tiempo llegarían a imponerse sobre todas las comarcas ribereñas de la laguna, como efectivamente sucedió. Por lo pronto, los de Xaltocan les declararon la guerra, y tras cruentos combates derrotaron a los aztecas. En la lucha murieron Huitzilihuitl y la reina Xochipan, así como muchos jefes importantes de la tribu.
A consecuencia de la derrota, los mexica quedaron sometidos a servidumbre. Pero su dios Huitzilopochtli —que era algo así como el futuro oráculo de Jiquilpan, a pesar de no ser michoacano— les aconsejó que enviasen una embajada al rey de Culhuacán, para pedirle ejidos donde sembrar su maicito y fundar una ciudad. Ante el temor de una expropiación a la brava, el monarca les asignó terrenos baldíos por Tizapán, sin más condición que los tapiaran y se abstuviesen de pintarrajear las bardas con propaganda política.
Los aztecas aceptaron —no les quedaba otro remedio— y durante algún tiempo se estuvieron quietos, dedicándose exclusivamente a manufacturar “Mexican curios” para lo que después serían las tiendas de Alí Babá en la Zona Rosa.
Tenoch era gran sacerdote de los aztecas y había ejercido el gobierno teocrático desde cuatro años antes de llegar a Chapultepec. Con la elección de Huitzilihuitl, Tenoch pasó a ocupar una oficialía mayor sin importancia, pero después de la batalla con los de Xaltocan y la muerte del monarca, el gran sacerdote recobró el mando y se hizo cargo de la presidencia del PAI. Mientras tanto, ocurrió que los culhua tuvieron guerra con los xochimilcas, a causa de que éstos les estaban quitando turismo, y el resultado fue que se liaron a garrotazos en la gran batalla de Ocolco. Viéndose casi vencidos, los culhua llamaron en su auxilio a los mexica, quienes lucharon con gran bravura y obtuvieron la victoria.
El triunfo sobre los xochimilcas, que lograron los aztecas sin armas y sin escudos, a pedrada limpia, les hizo comprender que habían recobrado su antiguo poderío. Inmediatamente se pusieron al brinco con el rey de Culhuacán, y éste los mandó expulsar de sus dominios. Los aztecas se instalaron provisionalmente en Mexicaltzingo, pero ya en plan de a ver qué pasa. Luego se trasladaron a Iztapalapan, después de haber sido perseguidos por toda la laguna, y de ahí salieron hacia Acatzintitlán. Este último sitio no fue de su agrado, ya que les costaba mucho trabajo deletrearlo, y en consecuencia decidieron establecerse en Iztacalco, en calidad de inmigrantes rentistas. Pero como no pudieron demostrar cuáles eran sus rentas, y en cambio se pintaban el rostro y se tronaban sus cigarritos de Doña juanita, Gobernación se les echó encima y les dio un plazo de veinticuatro horas para abandonar el sitio, considerándolos como “hippies” y extranjeros perniciosos. Fue la primera vez que se aplicó el Artículo 33 en el risueño valle de México.
Pero Tenoch, que se las sabía todas, les mostró a sus súbditos una moneda de un peso y les indicó que buscasen el lugar donde apareciese un águila devorando a una serpiente sobre un nopal. Los aztecas se lanzaron por todos los ámbitos de la laguna, hasta que dieron con un islote de mala muerte donde efectivamente hallaron la majestuosa ave disponiéndose a merendar. Al principio los exploradores quedaron un tanto indecisos, ya que vieron al águila de frente, con las alas extendidas en toda su gloria, en tanto que el emblema que les había mostrado Tenoch la representaba de perfil, medio jorobada y en una postura un tanto equívoca. Pero el gran sacerdote los tranquilizó, haciéndoles ver que esta última imagen sólo era resultado del espíritu de contradicción de algunos revolucionarios iconoclastas y astigmáticos. El águila de frente, con el gesto altivo y las alas extendidas, fue como la vieron los mexica, y así es como debiera seguir siendo símbolo de nuestra nacionalidad.
En plan de paracaidistas, los aztecas se instalaron en el islote un día del año de 1312. Levantaron chozas de tule y paja, y procedieron a la construcción del teocalli. Luego surgió el tzornpantli y después vinieron los palacios y residencias de los emperadores y los miembros influyentes del PAI. El populacho, para no caerse al agua, se vio obligado a construir chinampas y a traer cascajo de las riberas para ir ampliando la ciudad. Desde el primer momento la Gran Tenochtitlan tuvo que enfrentarse con el tremendo problema del congestionamiento, la falta de espacio y la escasez de transporte. Según el Códice Mendocino, desde un principio se pensó en la necesidad de construir un “metro”, pero la falta de fondos, el papeleo burocrático y la desidia de los municipios determinaron que la obra se pospusiera durante 655 años, hasta que llegó mi general Corona del Rosal, con sus ímpetus de hormiga arriera.
La ciudad creció y padeció innumerables calamidades: inundaciones, terremotos, incendios, cuartelazos, motines y algaradas, sitios (pero jamás de taxis), invasiones, huelgas, tolvaneras, hambres y pestes. Supo de regentes avorazados y arbitrarios, de soldadescas extranjeras, tropas revolucionarias, cancionistas a bordo de autobuses, turistas norteamericanos, patrulleros, inspectores de toda clase, pandilleros, motociclistas, mordelones y azules desgarbados, carteristas, halcones y choferes greñudos e insolentes. Sufrió baches, hundimientos, colonias proletarias, embotellamientos de tránsito, conciertos dominicales, adulteración de la leche y pedrizas con los granaderos. En fin, que pocas ciudades en el mundo hubieron de padecer las mil y una plagas que asolaron y asolan a la Gran Tenochtitlan
Posiblemente si Huitzilopochtli les hubiese vaticinado a los mexica lo que se dejaba venir, éstos hubieran matado de una pedrada al pajarito aquél que les cantó “tihuí, tihuí”, y se habrían quedado en la legendaria Aztlán, dejando en paz al águila en su islote.